domingo, 1 de mayo de 2016

Trenza tu tristeza

Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los harìa llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas,  que no se meta entre tus manos- me decía-  porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar  cuando el viento del norte pegue con fuerza.
Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.
Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña,  aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada  por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía,  siempre trenza tu tristeza…
Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello.

Nunca olvides...

Que en esta vida todo se supera mientras se vive, que tus piernas por feas que te parezcan te han traído hasta aquí y que si no las tuvieras te parecerían las más bonitas del mundo, que si tu pelo no es como los de los anuncios de champú es porque le faltan focos y un peluquero que se debe de haber roto las muñecas con el secador para dejarlo como una superficie reflectante, piensa en que nada es tan importante, porque de verdad que no lo es. Tenemos mucha suerte y a diario se nos olvida.

Deja que te cuente...

Deja que te cuente que se puede estar sin anunciarlo, que a veces solamente hace falta un hombro y una caricia en el pelo, que no es necesaria una conversación, sino compartir un silencio. Que no hacen falta preguntas, que hay respuestas que brotan solas, o que no existen. Deja que te cuente que no se juzga, se apoya, que hay que saber distinguir ese "ven" que se grita sin palabras y que acudir no es una opción que se medita, sino que es un acto puro y sincero que sale de lo más profundo del alma.

sábado, 30 de abril de 2016

Me quedé con las ganas

Me he quedado toda la vida con las ganas, y ahora no sé qué hacer con ellas. Me quedé con las ganas de saber si besabas tan bien como quitabas el sueño, si tu boca sabía al final de la guerra. Me quedé con las ganas de quitarte la ropa y vestirte el cuerpo con las manos. Y nunca supe si el invierno no es tan cruel contigo a mi lado, pero sobre todo me quedé con las ganas de que me tuvieses ganas, de que despertases con miedo a no despertar conmigo. Me quedé con las ganas de comprobar si en el amor no siempre se muere, si hay vida después de decir "te quiero".

sábado, 9 de abril de 2016

Aprende a regalar tu ausencia a quien no valore tu presencia

¿Qué me pasa? Sinceramente…no lo sé. No sé por qué estoy así, no sé por qué me está pasando esto. Mi vida sigue igual que siempre, ¿no? No hay ningún cambio significativo, no me ha pasado nada en los últimos meses que haya podido desencadenar todo esto. Me preguntan: “¿Qué sientes? ¿Qué se te pasa por la cabeza?” Me paro, pienso…y mi respuesta, entre lágrimas, es “No lo sé”. “Venga, seguro que lo sabes”. De verdad que me encantaría saberlo, así sería todo mucho más fácil. Después de tantos y tantos años reprimiendo y ocultando mis sentimientos ya no sé ni lo que siento, no sé poner nombre a lo que siento y no soy capaz de desentrañar el misterio que hay en mi mente, el “monstruito” que me está haciendo caer en una oscuridad que creí que nunca volvería a ver. Tengo que contestar algo, y lo más fácil es “Estoy cansada”. Y en realidad lo estoy. Me he dado cuenta de que es cierto en el mismo momento en que las palabras salían de mi boca, y eso ha provocado que empiece a hablar sin control, al mismo tiempo que las lágrimas salen a borbotones de mis ojos. “Estoy cansada de luchar sola, estoy cansada de tener que estar siempre bien para que los demás estén bien, estoy cansada de tener que fingir siempre que mi vida es un camino de rosas, estoy cansada de tener que ocultar cómo estoy para no preocupar a la gente que me rodea, estoy cansada de anteponer los sentimientos de los demás a los míos, estoy cansada de dar y no recibir, estoy cansada de estar ahí para todos y que no haya nadie para mí cuando lo necesito, estoy cansada de intentar ser la mujer perfecta que todos necesitan para sentirse bien”. Ha sido una buena retahíla. Pero la cosa no queda ahí. “Me ahogo en esta jaula dorada en la que vivo, aunque para ser una jaula dorada he pasado por muchos momentos difíciles. Ha sido una jaula dorada un poco especial. Nunca me ha faltado de nada, he tenido todo lo que necesitaba y también he tenido algún pequeño capricho. No obstante, he pasado por muchas cosas, por muchas situaciones que nadie conoce. Cuando vives en una jaula dorada parece que no puedes estar mal, tienes todo y más. No puedes estar triste, no puedes tener un mal día, no puedes estar de bajón, no puedes sentirte sola, no puedes…hay muchas cosas que “no te puedes permitir”. La gente te dice que eres una desagradecida, una niñata, una caprichosa, una llorona, que eres débil, que eres una niña mimada, que no piensas en nadie más que en ti misma, que eres egoísta y ególatra. ¿Qué sabrán ellos lo que pasa en mi jaula?”. El problema es que cuando lo único que oyes es eso, llega un momento en que te lo acabas creyendo. Otra de las frases que más pueden llegar a doler, incluso si es dicha con buena intención es el famoso “Tú puedes con todo, puedes con esto y con mucho más”. Son palabras de aliento, de ánimo, pero hay veces que no necesitas oír eso. A veces oír eso lo único que hace es que te sientas mal contigo misma y que sigas adelante con todo el peso de lo que llevas encima. A veces no quiero palabras de ánimo, a veces sólo quiero que alguien me diga “Es hora de parar”, a veces sólo necesito una taza de chocolate caliente, un abrazo que dure minutos, una llamada telefónica sin palabras, que la gente que me quiere me diga que no hay monstruos debajo de la cama, que después de la noche viene el día, una tarde tapada completamente con una manta, un simple “estoy contigo”, una copa de vino…a veces sólo necesito un poco de comprensión. Quizás sea un tanto cínico por mi parte decir que nunca me lo han dicho, pues la verdad es que siempre hay alguien que te lo dice. El problema es que cuando estás metida en la espiral, en el bucle, no haces caso, ignoras todo lo que te dicen, no ves que estás mal y hasta te molesta que te digan la verdad, que te digan que no estás bien y que necesitas ayuda. “¿Yo, ayuda? ¿Has perdido la cabeza? Yo no necesito ayuda, yo soy la que ayuda, la que siempre está al pie del cañón. ¿Cómo te atreves ni siquiera a insinuar que no estoy bien?” Es en ese preciso momento cuando algo en tu mente se “rompe”. Sabes que tienen razón, pero no quieres que sea cierto. Te empeñas en seguir adelante, en ser esa roca a la que todos se aferran, esa boya en mitad del océano, te empeñas en no dejarte tirar, en luchar y luchar en solitario, que nadie se dé cuenta de que estás mal. Te empeñas en ocultar todo lo que está pasando, reprimes tus sentimientos y aprietas los puños, te muerdes los labios, masticas chicle a todas horas…cada uno tiene sus “recursos”. Finges que todo está bien, aunque por dentro estás hecha pedazos. Finges una sonrisa y tratas de solucionar todos los problemas de la gente que te rodea dejando los tuyos de lado, como si poniendo distancia se fuesen a solucionar solos. Finges una sonrisa, te maquillas más de lo habitual, te pones unos tacones y te sueltas el pelo en un burdo intento por engañar a la gente que te rodea e incluso a ti misma. Intentas ser diligente y eficiente, que nadie tenga nada que criticar porque entonces sabes que no podrás controlarte, se abrirá la caja de Pandora y al que esté cerca le salpicará. Arderá Troya, no podrás parar en muchísimo tiempo. Cuando la gente no te conoce prefiere esta versión de ti: trabajas más, ayudas más a los que te rodean, haces todo rozando la perfección. No hay nada que puedan criticar. Y así una se va metiendo más y más en el pozo, y lo único que ve es una interminable escalada para salir. Cuando esa escalada es demasiado grande te planteas si realmente merece la pena luchar por salir. Y es entonces cuando la gente que tienes alrededor se da cuenta de lo mal que estás, y es entonces cuando hace el primer intento de ayudarte, pero sin mucha convicción. Parece que no quieren complicarse la vida, y lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué yo lo hago desde el primer momento en que veo que la gente necesita esa mano, ese toquecito en el hombro, esa taza de chocolate caliente, esa copa de vino, esa llamada telefónica sin palabras. Tal vez sea el momento de abrir los ojos, de empezar a ver las cosas desde otra perspectiva, de ver quién se merece realmente tu ayuda. En ocasiones lo mejor que podemos hacer, la mejor actitud que podemos tomar es la de protegernos de ese tipo de relaciones que acaban deteriorando y mermando nuestra autoestima y nuestra salud emocional. Quizás sea el momento de “aprender a regalar tu ausencia a quien no valora tu presencia”.

lunes, 28 de marzo de 2016

EL ÁRBOL DE LOS AMIGOS


Tengo la firme creencia de que en la vida existen personas que nos hacen felices por la simple casualidad de haberse cruzado en nuestro camino. Algunas recorren el camino a nuestro lado, viendo muchas lunas pasar, secando nuestras lágrimas en los momentos difíciles y riéndose a carcajadas en nuestros mejores momentos. Otras apenas las vemos entre un paso y otro, se difuminan, desaparecen, o simplemente nunca llegan. Son nuestros amigos, y hay muchas clases, casi tantas como hojas tiene un árbol. Tal vez cada hoja de ese árbol caracteriza a cada uno de nuestros amigos. Los primeros que nacen del brote son nuestros amigos papá y mamá, que nos muestran la vida, en qué consiste y qué conlleva. Después vienen los amigos hermanos, con quienes compartimos nuestro espacio para que puedan crecer y florecer como nosotros. Conocemos así a toda la familia de hojas, a quienes respetamos, amamos y deseamos lo mejor bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, el destino nos presenta a otros amigos, personas que no sabíamos que estaban destinadas a cruzarse con nosotros y cambiarnos la vida para siempre. A muchos de ellos los denominamos amigos del alma, amigos del corazón. Son sinceros, son verdaderos, son pesados, pero son los que saben cuándo no estamos bien y hacen todo lo posible por sacarnos una sonrisa y hacernos el trago más llevadero. Ellos mejor que nadie saben lo que nos hace feliz. Y, a veces, uno de esos amigos del alma nos roba y estalla en nuestro corazón, y entonces ese amigo se convierte en un amigo enamorado. Éste es especial, da brillo a nuestros ojos, música a nuestros labios, saltos a nuestros pies. Sin embargo, también hay amigos que lo son por un tiempo, tal vez unas vacaciones, o unos días, o unas horas. Ellos son los que suelen colocar muchas sonrisas en nuestro rostro, durante el tiempo que estamos cerca. Y hablando de distancias, no podemos olvidar a los amigos distantes o lejanos, aquellos que se encuentran en la punta de las ramas y que, cuando el viento sopla, siempre aparecen entre una hoja y otra.
No obstante, el tiempo pasa, el verano se va, el otoño hace su entrada y con él perdemos algunas de nuestras hojas. Algunas nacen en otro verano, otras permanecen por muchas estaciones. Sin embargo, lo que nos hace más felices es el hecho de que las que cayeron continúan cerca, alimentando nuestra raíz con alegría y vitalidad. Son recuerdos de momentos maravillosos de cuando se cruzaron en nuestro camino.

Te deseo, hoja de mi árbol, paz, amor, salud, suerte y prosperidad, simplemente porque cada persona que pasa en nuestra vida es única y siempre deja un poco de sí y se lleva un pedacito de nosotros. Seguro que alguno se llevará mucho, pero ninguno se irá sin dejar nada. Esta es la mayor responsabilidad de nuestra vida y la prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad. 

lunes, 6 de julio de 2015

Lo que de verdad importa

Si todos los caminos llevan a Roma, ¿cómo se sale de Roma? A veces pensamos demasiado y sentimos muy poco. Mi abuela siempre decía que si alguien quiere seriamente formar parte de tu vida, hará lo imposible por estar en ella. Aunque, en cierto modo, perdamos entre pantallas el valor de las miradas, olvidando que cuando alguien nos dedica su tiempo nos está regalando lo único que no recuperará jamás. 
Y es que la vida son momentos ¿sabes? Yo hoy estoy aquí y mañana...mañana no lo sé, así que quería decirte que si alguna vez quieres algo, si quieres algo de verdad, ve por ello sin mirar atrás. Mirando al miedo de frente y a los ojos, entregando todo y dando el alma, sacando al niño que llevas dentro, ese que cree en los imposibles y que daría la luna por tocar una estrella... Así que no sé que será de mi mañana pero este sol siempre va a ser el mismo que el tuyo; que los amigos son la familia que elegimos y yo te elijo a ti. Te elijo a ti por ser el dueño de las arrugas que tendré en los labios de vieja, y apuesto fuerte por todos estos años a tu lado, por las noches en vela, las fiestas, las risas, los secretos y los amores del pasado, tus abrazos así porque sí, sin venir a cuento, ni tener por qué celebrar algo.
Y es que en este tiempo me he dado cuenta de que los pequeños detalles son los que hacen las grandes cosas, que tú has hecho infinito mi límite, así que te doy las gracias por ser la única persona capaz de hacerme llorar riendo, por aparecer en mi vida con esa sonrisa loca, por ese brillo en los ojos capaz de pelear contra un millón de tsunamis.
Así que no, no sé dónde estaremos dentro de diez años, ni sé cómo se sale de Roma, no te puedo asegurar nada, pero te prometo que, pase lo que pase, estés donde estés, voy a acordarme de ti toda la vida y por eso mi luna va a estar siempre contigo, porque tú me enseñaste a vivir cada día cómo el primer día del resto de mi vida y eso...eso no lo voy a olvidar a nunca.