Reacciona, vamos, reacciona y mira la verdad a tu alrededor, mira que quizás no todo es tan bonito como te gustaría, date cuenta de que hay cosas que cambiar a tu alrededor y que si no las cambias tú, nadie lo hará. Eres nerviosa y puedes llegar a conclusiones rápidamente, pero a veces te pones una venda en los ojos y no ves a tu alrededor, o mejor dicho, no quieres ver algunas de las cosas que en realidad pasan.
Empieza a concentrarte en lo que realmente merece la pena, y hazlo de una vez. Empieza a centrarte en tu vida, en tus metas y en tus objetivos de una vez. Y no cambies el camino cada dos por tres, es sencillo. Ponte metas a corto plazo, metas que no te aburran y a por ellas. Necesitas estar entretenida para curar algunas heridas que aún sangran y te hacen daño, para no pensar demasiado, para liberarte. Sí, es cierto que estar entretenido no va a quitar el problema de tu mente, seguirá ahí, seguro, pero lo que harás será olvidarte de ello por momentos, dejar que tu mente descanse en paz aunque sólo sea un rato. Con lo que tú sabes de la vida y a veces pareces tan indefensa e ingenua...
A menudo piensas que todo puede arreglarse, que tomarás las decisiones adecuadas acercándote y dando segundas y terceras oportunidades, pero no escuchas a la razón, que en los momentos amargos es la única que es coherente. Aparta un poquito al corazón, aunque sea un poco. Que con el corazón se toman buenas decisiones también, pero cuando ambas partes piensan con lo mismo. Acuérdate de tus fallos y ríete. No te tortures ni te lamentes, aún puedes dar marcha atrás y empezar de nuevo, o mejor dicho, elegir un camino distinto y comenzar a andar en otra dirección. Sabes que te mereces cosas buenas porque tu corazón es noble, pero no vuelvas a quedarte en un lugar que no te hace feliz.
domingo, 1 de mayo de 2016
Trenza tu tristeza
Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los harìa llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas, que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza.
Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.
Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…
Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello.
Nunca olvides...
Que en esta vida todo se supera mientras se vive, que tus piernas por feas que te parezcan te han traído hasta aquí y que si no las tuvieras te parecerían las más bonitas del mundo, que si tu pelo no es como los de los anuncios de champú es porque le faltan focos y un peluquero que se debe de haber roto las muñecas con el secador para dejarlo como una superficie reflectante, piensa en que nada es tan importante, porque de verdad que no lo es. Tenemos mucha suerte y a diario se nos olvida.
Deja que te cuente...
Deja que te cuente que se puede estar sin anunciarlo, que a veces solamente hace falta un hombro y una caricia en el pelo, que no es necesaria una conversación, sino compartir un silencio. Que no hacen falta preguntas, que hay respuestas que brotan solas, o que no existen. Deja que te cuente que no se juzga, se apoya, que hay que saber distinguir ese "ven" que se grita sin palabras y que acudir no es una opción que se medita, sino que es un acto puro y sincero que sale de lo más profundo del alma.
sábado, 30 de abril de 2016
Me quedé con las ganas
Me he quedado toda la vida con las ganas, y ahora no sé qué hacer con ellas. Me quedé con las ganas de saber si besabas tan bien como quitabas el sueño, si tu boca sabía al final de la guerra. Me quedé con las ganas de quitarte la ropa y vestirte el cuerpo con las manos. Y nunca supe si el invierno no es tan cruel contigo a mi lado, pero sobre todo me quedé con las ganas de que me tuvieses ganas, de que despertases con miedo a no despertar conmigo. Me quedé con las ganas de comprobar si en el amor no siempre se muere, si hay vida después de decir "te quiero".
sábado, 9 de abril de 2016
Aprende a regalar tu ausencia a quien no valore tu presencia
¿Qué me pasa? Sinceramente…no lo
sé. No sé por qué estoy así, no sé por qué me está pasando esto. Mi vida sigue
igual que siempre, ¿no? No hay ningún cambio significativo, no me ha pasado
nada en los últimos meses que haya podido desencadenar todo esto. Me preguntan:
“¿Qué sientes? ¿Qué se te pasa por la cabeza?” Me paro, pienso…y mi respuesta,
entre lágrimas, es “No lo sé”. “Venga, seguro que lo sabes”. De verdad que me
encantaría saberlo, así sería todo mucho más fácil. Después de tantos y tantos
años reprimiendo y ocultando mis sentimientos ya no sé ni lo que siento, no sé
poner nombre a lo que siento y no soy capaz de desentrañar el misterio que hay
en mi mente, el “monstruito” que me está haciendo caer en una oscuridad que
creí que nunca volvería a ver. Tengo que contestar algo, y lo más fácil es
“Estoy cansada”. Y en realidad lo estoy. Me he dado cuenta de que es cierto en
el mismo momento en que las palabras salían de mi boca, y eso ha provocado que
empiece a hablar sin control, al mismo tiempo que las lágrimas salen a
borbotones de mis ojos. “Estoy cansada de luchar sola, estoy cansada de tener
que estar siempre bien para que los demás estén bien, estoy cansada de tener
que fingir siempre que mi vida es un camino de rosas, estoy cansada de tener
que ocultar cómo estoy para no preocupar a la gente que me rodea, estoy cansada
de anteponer los sentimientos de los demás a los míos, estoy cansada de dar y
no recibir, estoy cansada de estar ahí para todos y que no haya nadie para mí
cuando lo necesito, estoy cansada de intentar ser la mujer perfecta que todos
necesitan para sentirse bien”. Ha sido una buena retahíla. Pero la cosa no
queda ahí. “Me ahogo en esta jaula dorada en la que vivo, aunque para ser una
jaula dorada he pasado por muchos momentos difíciles. Ha sido una jaula dorada
un poco especial. Nunca me ha faltado de nada, he tenido todo lo que necesitaba
y también he tenido algún pequeño capricho. No obstante, he pasado por muchas
cosas, por muchas situaciones que nadie conoce. Cuando vives en una jaula
dorada parece que no puedes estar mal, tienes todo y más. No puedes estar
triste, no puedes tener un mal día, no puedes estar de bajón, no puedes
sentirte sola, no puedes…hay muchas cosas que “no te puedes permitir”. La gente
te dice que eres una desagradecida, una niñata, una caprichosa, una llorona,
que eres débil, que eres una niña mimada, que no piensas en nadie más que en ti
misma, que eres egoísta y ególatra. ¿Qué sabrán ellos lo que pasa en mi
jaula?”. El problema es que cuando lo único que oyes es eso, llega un momento
en que te lo acabas creyendo. Otra de las frases que más pueden llegar a doler,
incluso si es dicha con buena intención es el famoso “Tú puedes con todo,
puedes con esto y con mucho más”. Son palabras de aliento, de ánimo, pero hay
veces que no necesitas oír eso. A veces oír eso lo único que hace es que te
sientas mal contigo misma y que sigas adelante con todo el peso de lo que
llevas encima. A veces no quiero palabras de ánimo, a veces sólo quiero que
alguien me diga “Es hora de parar”, a veces sólo necesito una taza de chocolate
caliente, un abrazo que dure minutos, una llamada telefónica sin palabras, que
la gente que me quiere me diga que no hay monstruos debajo de la cama, que
después de la noche viene el día, una tarde tapada completamente con una manta,
un simple “estoy contigo”, una copa de vino…a veces sólo necesito un poco de
comprensión. Quizás sea un tanto cínico por mi parte decir que nunca me lo han
dicho, pues la verdad es que siempre hay alguien que te lo dice. El problema es
que cuando estás metida en la espiral, en el bucle, no haces caso, ignoras todo
lo que te dicen, no ves que estás mal y hasta te molesta que te digan la
verdad, que te digan que no estás bien y que necesitas ayuda. “¿Yo, ayuda? ¿Has
perdido la cabeza? Yo no necesito ayuda, yo soy la que ayuda, la que siempre
está al pie del cañón. ¿Cómo te atreves ni siquiera a insinuar que no estoy
bien?” Es en ese preciso momento cuando algo en tu mente se “rompe”. Sabes que
tienen razón, pero no quieres que sea cierto. Te empeñas en seguir adelante, en
ser esa roca a la que todos se aferran, esa boya en mitad del océano, te
empeñas en no dejarte tirar, en luchar y luchar en solitario, que nadie se dé
cuenta de que estás mal. Te empeñas en ocultar todo lo que está pasando,
reprimes tus sentimientos y aprietas los puños, te muerdes los labios, masticas
chicle a todas horas…cada uno tiene sus “recursos”. Finges que todo está bien,
aunque por dentro estás hecha pedazos. Finges una sonrisa y tratas de
solucionar todos los problemas de la gente que te rodea dejando los tuyos de
lado, como si poniendo distancia se fuesen a solucionar solos. Finges una
sonrisa, te maquillas más de lo habitual, te pones unos tacones y te sueltas el
pelo en un burdo intento por engañar a la gente que te rodea e incluso a ti
misma. Intentas ser diligente y eficiente, que nadie tenga nada que criticar
porque entonces sabes que no podrás controlarte, se abrirá la caja de Pandora y
al que esté cerca le salpicará. Arderá Troya, no podrás parar en muchísimo
tiempo. Cuando la gente no te conoce prefiere esta versión de ti: trabajas más,
ayudas más a los que te rodean, haces todo rozando la perfección. No hay nada
que puedan criticar. Y así una se va metiendo más y más en el pozo, y lo único
que ve es una interminable escalada para salir. Cuando esa escalada es
demasiado grande te planteas si realmente merece la pena luchar por salir. Y es
entonces cuando la gente que tienes alrededor se da cuenta de lo mal que estás,
y es entonces cuando hace el primer intento de ayudarte, pero sin mucha
convicción. Parece que no quieren complicarse la vida, y lo entiendo. Lo que no
entiendo es por qué yo lo hago desde el primer momento en que veo que la gente
necesita esa mano, ese toquecito en el hombro, esa taza de chocolate caliente,
esa copa de vino, esa llamada telefónica sin palabras. Tal vez sea el momento
de abrir los ojos, de empezar a ver las cosas desde otra perspectiva, de ver
quién se merece realmente tu ayuda. En ocasiones lo mejor que podemos hacer, la
mejor actitud que podemos tomar es la de protegernos de ese tipo de relaciones
que acaban deteriorando y mermando nuestra autoestima y nuestra salud
emocional. Quizás sea el momento de “aprender a regalar tu ausencia a quien no
valora tu presencia”.
lunes, 28 de marzo de 2016
EL ÁRBOL DE LOS AMIGOS
Tengo la firme creencia de que en
la vida existen personas que nos hacen felices por la simple casualidad de
haberse cruzado en nuestro camino. Algunas recorren el camino a nuestro lado,
viendo muchas lunas pasar, secando nuestras lágrimas en los momentos difíciles
y riéndose a carcajadas en nuestros mejores momentos. Otras apenas las vemos
entre un paso y otro, se difuminan, desaparecen, o simplemente nunca llegan. Son
nuestros amigos, y hay muchas clases, casi tantas como hojas tiene un árbol. Tal
vez cada hoja de ese árbol caracteriza a cada uno de nuestros amigos. Los primeros
que nacen del brote son nuestros amigos papá y mamá, que nos muestran la vida,
en qué consiste y qué conlleva. Después vienen los amigos hermanos, con quienes
compartimos nuestro espacio para que puedan crecer y florecer como nosotros. Conocemos
así a toda la familia de hojas, a quienes respetamos, amamos y deseamos lo
mejor bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, el destino nos presenta a otros
amigos, personas que no sabíamos que estaban destinadas a cruzarse con nosotros
y cambiarnos la vida para siempre. A muchos de ellos los denominamos amigos del
alma, amigos del corazón. Son sinceros, son verdaderos, son pesados, pero son
los que saben cuándo no estamos bien y hacen todo lo posible por sacarnos una
sonrisa y hacernos el trago más llevadero. Ellos mejor que nadie saben lo que
nos hace feliz. Y, a veces, uno de esos amigos del alma nos roba y estalla en
nuestro corazón, y entonces ese amigo se convierte en un amigo enamorado. Éste es
especial, da brillo a nuestros ojos, música a nuestros labios, saltos a nuestros
pies. Sin embargo, también hay amigos que lo son por un tiempo, tal vez unas
vacaciones, o unos días, o unas horas. Ellos son los que suelen colocar muchas
sonrisas en nuestro rostro, durante el tiempo que estamos cerca. Y hablando de
distancias, no podemos olvidar a los amigos distantes o lejanos, aquellos que
se encuentran en la punta de las ramas y que, cuando el viento sopla, siempre
aparecen entre una hoja y otra.
No obstante, el tiempo pasa, el
verano se va, el otoño hace su entrada y con él perdemos algunas de nuestras
hojas. Algunas nacen en otro verano, otras permanecen por muchas estaciones. Sin
embargo, lo que nos hace más felices es el hecho de que las que cayeron
continúan cerca, alimentando nuestra raíz con alegría y vitalidad. Son recuerdos
de momentos maravillosos de cuando se cruzaron en nuestro camino.
Te deseo, hoja de mi árbol, paz,
amor, salud, suerte y prosperidad, simplemente porque cada persona que pasa en
nuestra vida es única y siempre deja un poco de sí y se lleva un pedacito de
nosotros. Seguro que alguno se llevará mucho, pero ninguno se irá sin dejar
nada. Esta es la mayor responsabilidad de nuestra vida y la prueba evidente de
que dos almas no se encuentran por casualidad.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)