sábado, 30 de abril de 2016
Me quedé con las ganas
Me he quedado toda la vida con las ganas, y ahora no sé qué hacer con ellas. Me quedé con las ganas de saber si besabas tan bien como quitabas el sueño, si tu boca sabía al final de la guerra. Me quedé con las ganas de quitarte la ropa y vestirte el cuerpo con las manos. Y nunca supe si el invierno no es tan cruel contigo a mi lado, pero sobre todo me quedé con las ganas de que me tuvieses ganas, de que despertases con miedo a no despertar conmigo. Me quedé con las ganas de comprobar si en el amor no siempre se muere, si hay vida después de decir "te quiero".
sábado, 9 de abril de 2016
Aprende a regalar tu ausencia a quien no valore tu presencia
¿Qué me pasa? Sinceramente…no lo
sé. No sé por qué estoy así, no sé por qué me está pasando esto. Mi vida sigue
igual que siempre, ¿no? No hay ningún cambio significativo, no me ha pasado
nada en los últimos meses que haya podido desencadenar todo esto. Me preguntan:
“¿Qué sientes? ¿Qué se te pasa por la cabeza?” Me paro, pienso…y mi respuesta,
entre lágrimas, es “No lo sé”. “Venga, seguro que lo sabes”. De verdad que me
encantaría saberlo, así sería todo mucho más fácil. Después de tantos y tantos
años reprimiendo y ocultando mis sentimientos ya no sé ni lo que siento, no sé
poner nombre a lo que siento y no soy capaz de desentrañar el misterio que hay
en mi mente, el “monstruito” que me está haciendo caer en una oscuridad que
creí que nunca volvería a ver. Tengo que contestar algo, y lo más fácil es
“Estoy cansada”. Y en realidad lo estoy. Me he dado cuenta de que es cierto en
el mismo momento en que las palabras salían de mi boca, y eso ha provocado que
empiece a hablar sin control, al mismo tiempo que las lágrimas salen a
borbotones de mis ojos. “Estoy cansada de luchar sola, estoy cansada de tener
que estar siempre bien para que los demás estén bien, estoy cansada de tener
que fingir siempre que mi vida es un camino de rosas, estoy cansada de tener
que ocultar cómo estoy para no preocupar a la gente que me rodea, estoy cansada
de anteponer los sentimientos de los demás a los míos, estoy cansada de dar y
no recibir, estoy cansada de estar ahí para todos y que no haya nadie para mí
cuando lo necesito, estoy cansada de intentar ser la mujer perfecta que todos
necesitan para sentirse bien”. Ha sido una buena retahíla. Pero la cosa no
queda ahí. “Me ahogo en esta jaula dorada en la que vivo, aunque para ser una
jaula dorada he pasado por muchos momentos difíciles. Ha sido una jaula dorada
un poco especial. Nunca me ha faltado de nada, he tenido todo lo que necesitaba
y también he tenido algún pequeño capricho. No obstante, he pasado por muchas
cosas, por muchas situaciones que nadie conoce. Cuando vives en una jaula
dorada parece que no puedes estar mal, tienes todo y más. No puedes estar
triste, no puedes tener un mal día, no puedes estar de bajón, no puedes
sentirte sola, no puedes…hay muchas cosas que “no te puedes permitir”. La gente
te dice que eres una desagradecida, una niñata, una caprichosa, una llorona,
que eres débil, que eres una niña mimada, que no piensas en nadie más que en ti
misma, que eres egoísta y ególatra. ¿Qué sabrán ellos lo que pasa en mi
jaula?”. El problema es que cuando lo único que oyes es eso, llega un momento
en que te lo acabas creyendo. Otra de las frases que más pueden llegar a doler,
incluso si es dicha con buena intención es el famoso “Tú puedes con todo,
puedes con esto y con mucho más”. Son palabras de aliento, de ánimo, pero hay
veces que no necesitas oír eso. A veces oír eso lo único que hace es que te
sientas mal contigo misma y que sigas adelante con todo el peso de lo que
llevas encima. A veces no quiero palabras de ánimo, a veces sólo quiero que
alguien me diga “Es hora de parar”, a veces sólo necesito una taza de chocolate
caliente, un abrazo que dure minutos, una llamada telefónica sin palabras, que
la gente que me quiere me diga que no hay monstruos debajo de la cama, que
después de la noche viene el día, una tarde tapada completamente con una manta,
un simple “estoy contigo”, una copa de vino…a veces sólo necesito un poco de
comprensión. Quizás sea un tanto cínico por mi parte decir que nunca me lo han
dicho, pues la verdad es que siempre hay alguien que te lo dice. El problema es
que cuando estás metida en la espiral, en el bucle, no haces caso, ignoras todo
lo que te dicen, no ves que estás mal y hasta te molesta que te digan la
verdad, que te digan que no estás bien y que necesitas ayuda. “¿Yo, ayuda? ¿Has
perdido la cabeza? Yo no necesito ayuda, yo soy la que ayuda, la que siempre
está al pie del cañón. ¿Cómo te atreves ni siquiera a insinuar que no estoy
bien?” Es en ese preciso momento cuando algo en tu mente se “rompe”. Sabes que
tienen razón, pero no quieres que sea cierto. Te empeñas en seguir adelante, en
ser esa roca a la que todos se aferran, esa boya en mitad del océano, te
empeñas en no dejarte tirar, en luchar y luchar en solitario, que nadie se dé
cuenta de que estás mal. Te empeñas en ocultar todo lo que está pasando,
reprimes tus sentimientos y aprietas los puños, te muerdes los labios, masticas
chicle a todas horas…cada uno tiene sus “recursos”. Finges que todo está bien,
aunque por dentro estás hecha pedazos. Finges una sonrisa y tratas de
solucionar todos los problemas de la gente que te rodea dejando los tuyos de
lado, como si poniendo distancia se fuesen a solucionar solos. Finges una
sonrisa, te maquillas más de lo habitual, te pones unos tacones y te sueltas el
pelo en un burdo intento por engañar a la gente que te rodea e incluso a ti
misma. Intentas ser diligente y eficiente, que nadie tenga nada que criticar
porque entonces sabes que no podrás controlarte, se abrirá la caja de Pandora y
al que esté cerca le salpicará. Arderá Troya, no podrás parar en muchísimo
tiempo. Cuando la gente no te conoce prefiere esta versión de ti: trabajas más,
ayudas más a los que te rodean, haces todo rozando la perfección. No hay nada
que puedan criticar. Y así una se va metiendo más y más en el pozo, y lo único
que ve es una interminable escalada para salir. Cuando esa escalada es
demasiado grande te planteas si realmente merece la pena luchar por salir. Y es
entonces cuando la gente que tienes alrededor se da cuenta de lo mal que estás,
y es entonces cuando hace el primer intento de ayudarte, pero sin mucha
convicción. Parece que no quieren complicarse la vida, y lo entiendo. Lo que no
entiendo es por qué yo lo hago desde el primer momento en que veo que la gente
necesita esa mano, ese toquecito en el hombro, esa taza de chocolate caliente,
esa copa de vino, esa llamada telefónica sin palabras. Tal vez sea el momento
de abrir los ojos, de empezar a ver las cosas desde otra perspectiva, de ver
quién se merece realmente tu ayuda. En ocasiones lo mejor que podemos hacer, la
mejor actitud que podemos tomar es la de protegernos de ese tipo de relaciones
que acaban deteriorando y mermando nuestra autoestima y nuestra salud
emocional. Quizás sea el momento de “aprender a regalar tu ausencia a quien no
valora tu presencia”.
lunes, 28 de marzo de 2016
EL ÁRBOL DE LOS AMIGOS
Tengo la firme creencia de que en
la vida existen personas que nos hacen felices por la simple casualidad de
haberse cruzado en nuestro camino. Algunas recorren el camino a nuestro lado,
viendo muchas lunas pasar, secando nuestras lágrimas en los momentos difíciles
y riéndose a carcajadas en nuestros mejores momentos. Otras apenas las vemos
entre un paso y otro, se difuminan, desaparecen, o simplemente nunca llegan. Son
nuestros amigos, y hay muchas clases, casi tantas como hojas tiene un árbol. Tal
vez cada hoja de ese árbol caracteriza a cada uno de nuestros amigos. Los primeros
que nacen del brote son nuestros amigos papá y mamá, que nos muestran la vida,
en qué consiste y qué conlleva. Después vienen los amigos hermanos, con quienes
compartimos nuestro espacio para que puedan crecer y florecer como nosotros. Conocemos
así a toda la familia de hojas, a quienes respetamos, amamos y deseamos lo
mejor bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, el destino nos presenta a otros
amigos, personas que no sabíamos que estaban destinadas a cruzarse con nosotros
y cambiarnos la vida para siempre. A muchos de ellos los denominamos amigos del
alma, amigos del corazón. Son sinceros, son verdaderos, son pesados, pero son
los que saben cuándo no estamos bien y hacen todo lo posible por sacarnos una
sonrisa y hacernos el trago más llevadero. Ellos mejor que nadie saben lo que
nos hace feliz. Y, a veces, uno de esos amigos del alma nos roba y estalla en
nuestro corazón, y entonces ese amigo se convierte en un amigo enamorado. Éste es
especial, da brillo a nuestros ojos, música a nuestros labios, saltos a nuestros
pies. Sin embargo, también hay amigos que lo son por un tiempo, tal vez unas
vacaciones, o unos días, o unas horas. Ellos son los que suelen colocar muchas
sonrisas en nuestro rostro, durante el tiempo que estamos cerca. Y hablando de
distancias, no podemos olvidar a los amigos distantes o lejanos, aquellos que
se encuentran en la punta de las ramas y que, cuando el viento sopla, siempre
aparecen entre una hoja y otra.
No obstante, el tiempo pasa, el
verano se va, el otoño hace su entrada y con él perdemos algunas de nuestras
hojas. Algunas nacen en otro verano, otras permanecen por muchas estaciones. Sin
embargo, lo que nos hace más felices es el hecho de que las que cayeron
continúan cerca, alimentando nuestra raíz con alegría y vitalidad. Son recuerdos
de momentos maravillosos de cuando se cruzaron en nuestro camino.
Te deseo, hoja de mi árbol, paz,
amor, salud, suerte y prosperidad, simplemente porque cada persona que pasa en
nuestra vida es única y siempre deja un poco de sí y se lleva un pedacito de
nosotros. Seguro que alguno se llevará mucho, pero ninguno se irá sin dejar
nada. Esta es la mayor responsabilidad de nuestra vida y la prueba evidente de
que dos almas no se encuentran por casualidad.
lunes, 6 de julio de 2015
Lo que de verdad importa
Si todos los caminos llevan a Roma, ¿cómo se sale de Roma? A veces pensamos demasiado y sentimos muy poco. Mi abuela siempre decía que si alguien quiere seriamente formar parte de tu vida, hará lo imposible por estar en ella. Aunque, en cierto modo, perdamos entre pantallas el valor de las miradas, olvidando que cuando alguien nos dedica su tiempo nos está regalando lo único que no recuperará jamás.
Y es que la vida son momentos ¿sabes? Yo hoy estoy aquí y mañana...mañana no lo sé, así que quería decirte que si alguna vez quieres algo, si quieres algo de verdad, ve por ello sin mirar atrás. Mirando al miedo de frente y a los ojos, entregando todo y dando el alma, sacando al niño que llevas dentro, ese que cree en los imposibles y que daría la luna por tocar una estrella... Así que no sé que será de mi mañana pero este sol siempre va a ser el mismo que el tuyo; que los amigos son la familia que elegimos y yo te elijo a ti. Te elijo a ti por ser el dueño de las arrugas que tendré en los labios de vieja, y apuesto fuerte por todos estos años a tu lado, por las noches en vela, las fiestas, las risas, los secretos y los amores del pasado, tus abrazos así porque sí, sin venir a cuento, ni tener por qué celebrar algo.
Y es que en este tiempo me he dado cuenta de que los pequeños detalles son los que hacen las grandes cosas, que tú has hecho infinito mi límite, así que te doy las gracias por ser la única persona capaz de hacerme llorar riendo, por aparecer en mi vida con esa sonrisa loca, por ese brillo en los ojos capaz de pelear contra un millón de tsunamis.
Así que no, no sé dónde estaremos dentro de diez años, ni sé cómo se sale de Roma, no te puedo asegurar nada, pero te prometo que, pase lo que pase, estés donde estés, voy a acordarme de ti toda la vida y por eso mi luna va a estar siempre contigo, porque tú me enseñaste a vivir cada día cómo el primer día del resto de mi vida y eso...eso no lo voy a olvidar a nunca.
Y es que la vida son momentos ¿sabes? Yo hoy estoy aquí y mañana...mañana no lo sé, así que quería decirte que si alguna vez quieres algo, si quieres algo de verdad, ve por ello sin mirar atrás. Mirando al miedo de frente y a los ojos, entregando todo y dando el alma, sacando al niño que llevas dentro, ese que cree en los imposibles y que daría la luna por tocar una estrella... Así que no sé que será de mi mañana pero este sol siempre va a ser el mismo que el tuyo; que los amigos son la familia que elegimos y yo te elijo a ti. Te elijo a ti por ser el dueño de las arrugas que tendré en los labios de vieja, y apuesto fuerte por todos estos años a tu lado, por las noches en vela, las fiestas, las risas, los secretos y los amores del pasado, tus abrazos así porque sí, sin venir a cuento, ni tener por qué celebrar algo.
Y es que en este tiempo me he dado cuenta de que los pequeños detalles son los que hacen las grandes cosas, que tú has hecho infinito mi límite, así que te doy las gracias por ser la única persona capaz de hacerme llorar riendo, por aparecer en mi vida con esa sonrisa loca, por ese brillo en los ojos capaz de pelear contra un millón de tsunamis.
Así que no, no sé dónde estaremos dentro de diez años, ni sé cómo se sale de Roma, no te puedo asegurar nada, pero te prometo que, pase lo que pase, estés donde estés, voy a acordarme de ti toda la vida y por eso mi luna va a estar siempre contigo, porque tú me enseñaste a vivir cada día cómo el primer día del resto de mi vida y eso...eso no lo voy a olvidar a nunca.
martes, 24 de marzo de 2015
Niños, maestros de los adultos
¿De verdad estamos en primavera? ¿Dónde está el sol? ¿De verdad así van a florecer los árboles, van a brotar las flores? ¿Cómo van a cantar los pájaros si la lluvia y el frío les invita al recogimiento? Esto es lo que yo me pregunto, pero de la que venía a clase pasé por delante de un colegio. Lo normal en primavera es ver a niños correteando con calcetines por la rodilla y pantalón corto, niñas con vestidos y chaquetas de punto...pero me encuentro a un revoltijo de padres e hijos todos con bufandas y guantes, enfundados en chubasqueros y protegidos por enormes paraguas que impiden el tránsito por las aceras. Pacientemente espero a que los niños vayan entrando al patio del colegio y a que los padres se despidan y den sus últimas indicaciones a sus hijos para protegerse del frío (indicaciones que lo más probable es que caigan en saco roto). En esas estoy cuando oigo a una niña que pregunta: "¿Papá, dónde se ha escondido el hada de la primavera? Es una vaga, ya debería haber hecho crecer las flores, desaparecer las nubes. También tendría que haber traído a los pajaritos que en invierno se van de vacaciones a Canarias porque aquí hace mucho frío.¿Por qué tenemos que esperar tanto a que venga?" Y yo, con la cara arrebolada de frío y las manos entumecidas sonrío y pienso para mí misma: "Bendita inocencia infantil". Por fin entran todos los niños a clase y yo consigo seguir mi camino, pero la voz de la niña sigue metida en mi cabeza, rondando entre mis pensamientos. Sigo caminando y pensando en esa niña. Lo cierto es que me ha hecho sonreír, pero también me ha hecho pensar. La inocencia infantil a veces está cargada de tantos matices que poco tienen que ver con la inocencia...si todos escuchásemos más a los niños podríamos aprender tantas cosas y recordar lo que de verdad importa en la vida. Niños, sois el futuro, y también el presente, nuestro presente. Por mucho que nos pese a los adultos, vosotros sois los más importantes, sois los que nos ancláis al mundo real con vuestra inocencia, con vuestra despreocupación, con vuestra forma de ver la vida, de distinguir lo importante de lo superficial...sin niños el mundo se muere. Gracias a esos pequeños diablillos que consiguen que los adultos aprendamos lecciones todos los días.
jueves, 19 de marzo de 2015
La vida...cómo cambia la vida
La vida, cómo cambia la vida en función de las experiencias y vivencias propias de una persona. El tiempo, nuestro entorno, nuestra familia...todo influye. No somos seres individuales, nos relacionamos unos con otros, y es esa relación la que va forjando nuestra personalidad, nuestra forma de ser. Recuerdo a una niña que, desde el principio, desde que tuvo uso de razón, supo la verdad de sus orígenes, de su pasado. Esa niña forjó su personalidad en torno a esa verdad, dejó que su vida girase en torno a ésta. Nunca se sintió diferente, su familia se encargaba de ello; y, sin embargo, siempre necesitaba demostrar a los demás que no se habían equivocado al elegirla a ella entre otras niñas. Sentía que estaba en deuda, y la única forma que conocía en ese momento de agradecer esa oportunidad era ser la mejor en todo. Sacaba muy buenas notas, estudiaba idiomas, practicaba deportes, participaba en competiciones y se enfadaba siempre que perdía, estudiaba música y cantaba. Era una niña feliz y exitosa en todo lo que hacía. Lo que muchos no veían era que esa niña se mordía las uñas, era tímida, insegura, se refugiaba en el mundo de los adultos, estaba obsesionada con la perfección absoluta y quería ser el centro de atención en todo momento. Nadie sabía ver más allá.
Poco a poco, esa niña fue creciendo, y a medida que lo hacía se encerraba más en su mundo. Nunca hablaba de sus problemas, ni de sus inquietudes, sus miedos o sus preocupaciones. Sentía que si lo hacía demostraba debilidad, lo que decepcionaría a esas personas a las que deseaba impresionar, esas personas que quería que se sintiesen orgullosas de ella. Esa niña aprendió a disimular, a tragarse las lágrimas en público, a llorar en silencio por las noches cuando todos dormían; aprendió a fingir una sonrisa y a tragarse los problemas e incluso sus propios sentimientos.
Poco antes de que las alocadas hormonas adolescentes le hicieran perder el poco sentido común con el que regía su vida, esa niña perdió momentáneamente en control. Su mundo se derrumbó y esas personas a las que intentaba deslumbrar con su buen hacer en todo lo que emprendía vieron una tremenda grieta en su muro protector. Tuvo que dejar salir parte de la "amargura" que tenía escondida en el fondo de su alma, pero supo guardar la compostura y los secretos más oscuros se quedaron atascados en su pecho. Un cambio de aires le proporcionó una bocanada de aire fresco que le permitió volver a respirar. En ese momento, esa niña descubrió otra faceta en la que podía destacar: sabía escribir. Se había presentado a un concurso literario y había ganado el primer premio, había encontrado algo más en lo que ser el centro de atención. Fue feliz rodeada de libros, tonteando con la literatura, y ésta fue su primer amor; pero esa felicidad no duró mucho tiempo. La adolescencia hizo su entrada y las hormonas (esos pequeños mensajeros químicos de naturaleza casi diabólica por los efectos que causan) hicieron que perdiese el norte por completo. Muy poca gente lo veía, pero los ojos de aquella niña se habían apagado, igual que la luz interior que siempre la acompañaba. Esa niña ya no era una niña, era casi una mujer, una mujer que había aprendido a controlar sus impulsos, que había conseguido reprimir sus emociones y ocultar en todo momento sus sentimientos. Era una joven mujer triste, asustada, encerrada en su burbuja en todo momento. Esa joven mujer había perdido su esencia al intentar demostrar ser lo que nadie puede ser: una mujer perfecta.
Cuando más sumida en la tristeza estaba, recibió un cruel golpe de la vida, quien con una perversa carcajada del destino se llevó a la única persona con la que podía ser sincera. No supo cómo enfrentarse a ello y quiso quitarse la vida. El destino, cruel pero también justo, jugó a su favor y le salvó la vida. Esa joven mujer había dejado marcada una tremenda cicatriz en su alma, cicatriz que la acompañaría toda su vida.
Poco a poco, las cosas fueron volviendo a su sitio, pero esa joven mujer seguía siendo insegura y tímida, aunque había aprendido que la perfección no existía. Su timidez e inseguridad se confundían a menudo con soberbia. Casi toda la gente la veía como a una pija estirada que se creía superior al resto del mundo. Muy pocas personas se tomaron la molestia de escarbar y de quitar poco a poco piedras del muro que protegía su corazón. Esas personas se convertirían en su familia, esa familia que cada uno elige de forma voluntaria: los amigos.
Aunque esa mujer había aprendido que la perfección no existía, seguía intentando complacer a todos los que la rodeaban, haciendo promesas que secretamente se juró cumplir, aunque las personas a las que se lo había prometido ya no estuvieran con ella. En un momento dado abrió su corazón a una persona que le dijo que no debía obsesionarse intentando no decepcionar a la gente que ya no está con nosotros. ¿No lo entendía? Sí que están con nosotros, siempre lo harán; aunque en cierto modo sabía que su confidente tenía razón. Esa joven mujer fue derribando barreras y cumpliendo promesas. Le costó muchas lágrimas, pero sabía que estaba haciendo lo correcto.
Esa niña, esa joven mujer soy yo. La vida me ha hecho dar muchas vueltas, y aunque me gustaría poder decir que he cambiado, lo cierto es que en el fondo de mi alma sé que sigo siendo esa niña pequeña asustada que busca complacer a los que me rodean. Y, aunque en esencia soy la misma, he aprendido que la perfección no existe y que vivir intentando complacer a todo el mundo es una pérdida de tiempo. Lo único que puedo hacer es seguir los dictados de mi corazón y tratar de complacer mi propia conciencia. Vivir no debe ser un esfuerzo, es un milagro, y no pienso desperdiciar ni un solo minuto preocupándome por cosas que escapan a mi control.
Poco a poco, esa niña fue creciendo, y a medida que lo hacía se encerraba más en su mundo. Nunca hablaba de sus problemas, ni de sus inquietudes, sus miedos o sus preocupaciones. Sentía que si lo hacía demostraba debilidad, lo que decepcionaría a esas personas a las que deseaba impresionar, esas personas que quería que se sintiesen orgullosas de ella. Esa niña aprendió a disimular, a tragarse las lágrimas en público, a llorar en silencio por las noches cuando todos dormían; aprendió a fingir una sonrisa y a tragarse los problemas e incluso sus propios sentimientos.
Poco antes de que las alocadas hormonas adolescentes le hicieran perder el poco sentido común con el que regía su vida, esa niña perdió momentáneamente en control. Su mundo se derrumbó y esas personas a las que intentaba deslumbrar con su buen hacer en todo lo que emprendía vieron una tremenda grieta en su muro protector. Tuvo que dejar salir parte de la "amargura" que tenía escondida en el fondo de su alma, pero supo guardar la compostura y los secretos más oscuros se quedaron atascados en su pecho. Un cambio de aires le proporcionó una bocanada de aire fresco que le permitió volver a respirar. En ese momento, esa niña descubrió otra faceta en la que podía destacar: sabía escribir. Se había presentado a un concurso literario y había ganado el primer premio, había encontrado algo más en lo que ser el centro de atención. Fue feliz rodeada de libros, tonteando con la literatura, y ésta fue su primer amor; pero esa felicidad no duró mucho tiempo. La adolescencia hizo su entrada y las hormonas (esos pequeños mensajeros químicos de naturaleza casi diabólica por los efectos que causan) hicieron que perdiese el norte por completo. Muy poca gente lo veía, pero los ojos de aquella niña se habían apagado, igual que la luz interior que siempre la acompañaba. Esa niña ya no era una niña, era casi una mujer, una mujer que había aprendido a controlar sus impulsos, que había conseguido reprimir sus emociones y ocultar en todo momento sus sentimientos. Era una joven mujer triste, asustada, encerrada en su burbuja en todo momento. Esa joven mujer había perdido su esencia al intentar demostrar ser lo que nadie puede ser: una mujer perfecta.
Cuando más sumida en la tristeza estaba, recibió un cruel golpe de la vida, quien con una perversa carcajada del destino se llevó a la única persona con la que podía ser sincera. No supo cómo enfrentarse a ello y quiso quitarse la vida. El destino, cruel pero también justo, jugó a su favor y le salvó la vida. Esa joven mujer había dejado marcada una tremenda cicatriz en su alma, cicatriz que la acompañaría toda su vida.
Poco a poco, las cosas fueron volviendo a su sitio, pero esa joven mujer seguía siendo insegura y tímida, aunque había aprendido que la perfección no existía. Su timidez e inseguridad se confundían a menudo con soberbia. Casi toda la gente la veía como a una pija estirada que se creía superior al resto del mundo. Muy pocas personas se tomaron la molestia de escarbar y de quitar poco a poco piedras del muro que protegía su corazón. Esas personas se convertirían en su familia, esa familia que cada uno elige de forma voluntaria: los amigos.
Aunque esa mujer había aprendido que la perfección no existía, seguía intentando complacer a todos los que la rodeaban, haciendo promesas que secretamente se juró cumplir, aunque las personas a las que se lo había prometido ya no estuvieran con ella. En un momento dado abrió su corazón a una persona que le dijo que no debía obsesionarse intentando no decepcionar a la gente que ya no está con nosotros. ¿No lo entendía? Sí que están con nosotros, siempre lo harán; aunque en cierto modo sabía que su confidente tenía razón. Esa joven mujer fue derribando barreras y cumpliendo promesas. Le costó muchas lágrimas, pero sabía que estaba haciendo lo correcto.
Esa niña, esa joven mujer soy yo. La vida me ha hecho dar muchas vueltas, y aunque me gustaría poder decir que he cambiado, lo cierto es que en el fondo de mi alma sé que sigo siendo esa niña pequeña asustada que busca complacer a los que me rodean. Y, aunque en esencia soy la misma, he aprendido que la perfección no existe y que vivir intentando complacer a todo el mundo es una pérdida de tiempo. Lo único que puedo hacer es seguir los dictados de mi corazón y tratar de complacer mi propia conciencia. Vivir no debe ser un esfuerzo, es un milagro, y no pienso desperdiciar ni un solo minuto preocupándome por cosas que escapan a mi control.
martes, 17 de marzo de 2015
Altering the modern mind
A recently published book claims that the amount of time we spend on the Internet is changing the very structure of our brains. Its thesis is simple enough: not only that the modern world's relentless informational overload is killing our capacity for reflection, contemplation and patience, but that our online habits are also altering the way our brains are wired.
In the book, the author looks back on such human inventions as the map and the clock and the extent to which they influenced our essential models of thought. He argues that the Internet's multiplicity of stimuli and mass of information have given rise to hurried and distracted thinking. Without putting too fine a point on it, the author concludes that our ability to learn anything at all worthwhile has become superficial. Surprisingly very little research has looked into the Internet's effects on the brain, but further research is in hand and is investigating whether deep-thinking processes really are in danger of diappearing.
In the book, the author looks back on such human inventions as the map and the clock and the extent to which they influenced our essential models of thought. He argues that the Internet's multiplicity of stimuli and mass of information have given rise to hurried and distracted thinking. Without putting too fine a point on it, the author concludes that our ability to learn anything at all worthwhile has become superficial. Surprisingly very little research has looked into the Internet's effects on the brain, but further research is in hand and is investigating whether deep-thinking processes really are in danger of diappearing.
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